
“Uno de los principales objetivos de la educación debe ser
ampliar las ventanas por las cuales vemos al mundo.”
Arnold Glasow
Los medios de comunicación ejercen una fuerte influencia sobre las personas. Partiendo desde la forma en que se les incita al consumo, a través de la creación de falsas necesidades, y el fomento de los distintos estereotipos -todo esto a través de la manipulación que realiza la publicidad, principal benefactor y motor de los medios de comunicación-, hasta, como la gente se comporta y se desarrolla en sociedad. Así, niños y jóvenes son los más fuertemente influenciados por lo que los medios les entregan.
Ahora bien, los adolescentes son por esencia rupturistas y cuestionadores. Su lenguaje constantemente está reforzando el concepto de rebeldía y generan códigos especialmente para conseguir diferenciarse de los adultos. La publicidad toma el lenguaje juvenil para que estos se sientan más representados, e identificados, y utiliza dicho lenguaje en post de su fin único: vender. Así, toda rebeldía se pierde y los jóvenes pasan a carecer de sentido en cuanto a ideales y opiniones. Es esta utilización del lenguaje por parte de los medios, lo que poco a poco va vaciando las nuevas generaciones, convirtiendo a los actuales adolescentes en personas obsesionadas con el consumo en todos los sentidos y niveles. De esta forma, el lenguaje juvenil, que parte con un fin claro y establecido: particularidad; se convierte cada día más en la herramienta que une a los adolescentes a la masa y los incita a perder su identidad e individualidad.
Para que los medios no ejerzan esa fuerza en los niños y adolescentes se necesita de una familia presente. Los jóvenes necesitan de un criterio formado al cual recurrir, de la madurez de algún adulto. Lamentablemente, poco a poco el rol de la familia ha cedido ante lo vertiginoso del diario vivir dejando a los jóvenes, en su mayoría, relegados de las familias, pasando a ser su punto de referencia sus propios pares. Es justamente ahí en dónde el docente cobra importancia.
El rol de educar frente a los medios de comunicación (y generar una visión crítica ante lo que están recibiendo como estímulos por parte de éstos) no es una tarea simplemente relegada a los profesores de lenguaje como muchos pueden pensar. Es importantísimo que el profesor eduque con y a través de los medios. Para ello es necesario trabajar con los medios masivos en el aula, pero un trabajo real y profundo que por lo general no se lleva a cabo ni siquiera con los profesores de lenguaje (que son el subsector que trabaja directamente con los medios de comunicación en los planes y programas).
No es que los medios sean unos monstruos, sino que somos los adultos los que debemos encargarnos de que no sean capaces de ejercer la manipulación sobre las audiencias a la que están destinados. Pero ¿Qué sucede cuando son los mismos adultos los que se dejan manipular por los medios? ¿Cómo solucionar aquello? Únicamente (y nuevamente es preponderante el rol del profesor) a través de la formación criterios y la enseñanza de una correcta lectura de los mensajes mediáticos.
Además del vacío en la significación y resignificación de las palabras en el lenguaje juvenil, muchos académicos se ofenden frente a éste tipo de lenguaje por encontrarlo grosero, de mal gusto, simple e inculto; y de cierto modo tienen razón, sobre todo en lo grosero y simple. Cada día se adquieren como usuales palabras que hace 10 años sonaban realmente ofensivas. Durante mucho tiempo los medios funcionaron como un referente en cuanto a la norma culta del lenguaje, manteniendo límites sobre la norma coloquial; pero en la actualidad es común encontrarnos con portadas de periódicos (o programas de televisión y de radio) en dónde lo coloquial- y a veces lo vulgar- predomina por sobre la norma culta.
Muchos puristas del lenguaje sostienen que éste se ha ido perdiendo poco a poco, y que a través del tiempo ha ido involucionando. Si nos ponemos en el lugar, probablemente para muchos romanos de la antigüedad el latín vulgar se estaba convirtiendo en algo sin sentido. Ahora, lo que hasta nuestros días sigue existiendo en todas las lenguas romances es ése latín y no el docto. Esto quiere decir, que mientras una lengua siga viva siempre estará sometida al cambio, pues la sociedad cambia. Claro que una cosa es cambiar, evolucionar (o involucionar, como prefiera verlo) y otra es carecer de sentido, ese es realmente el problema de los adolescentes, y que se refleja en todos los aspectos de la vida social, no sólo en la forma de habla.
Nuestro rol como docentes es demostrarle a nuestros alumnos cómo algunos de sus actos podrían carecer de sentido y, su vez, generar en ellos una visión crítica de lo que los medios masivos de comunicación transmiten. No se trata de que no vean televisión o que no escuchen radio, sino que cuando lo hagan sean capaces de distinguir en qué momento hay mensajes vacíos y con clara intención de manipular, y en qué momento el mensaje realmente tiene un aporte con trasfondo y sentido.

Carmen A. Jara S.
Profesora Lenguaje y Comunicación
ajara@fidegroup.cl
ampliar las ventanas por las cuales vemos al mundo.”
Arnold Glasow
Los medios de comunicación ejercen una fuerte influencia sobre las personas. Partiendo desde la forma en que se les incita al consumo, a través de la creación de falsas necesidades, y el fomento de los distintos estereotipos -todo esto a través de la manipulación que realiza la publicidad, principal benefactor y motor de los medios de comunicación-, hasta, como la gente se comporta y se desarrolla en sociedad. Así, niños y jóvenes son los más fuertemente influenciados por lo que los medios les entregan.
Ahora bien, los adolescentes son por esencia rupturistas y cuestionadores. Su lenguaje constantemente está reforzando el concepto de rebeldía y generan códigos especialmente para conseguir diferenciarse de los adultos. La publicidad toma el lenguaje juvenil para que estos se sientan más representados, e identificados, y utiliza dicho lenguaje en post de su fin único: vender. Así, toda rebeldía se pierde y los jóvenes pasan a carecer de sentido en cuanto a ideales y opiniones. Es esta utilización del lenguaje por parte de los medios, lo que poco a poco va vaciando las nuevas generaciones, convirtiendo a los actuales adolescentes en personas obsesionadas con el consumo en todos los sentidos y niveles. De esta forma, el lenguaje juvenil, que parte con un fin claro y establecido: particularidad; se convierte cada día más en la herramienta que une a los adolescentes a la masa y los incita a perder su identidad e individualidad.
Para que los medios no ejerzan esa fuerza en los niños y adolescentes se necesita de una familia presente. Los jóvenes necesitan de un criterio formado al cual recurrir, de la madurez de algún adulto. Lamentablemente, poco a poco el rol de la familia ha cedido ante lo vertiginoso del diario vivir dejando a los jóvenes, en su mayoría, relegados de las familias, pasando a ser su punto de referencia sus propios pares. Es justamente ahí en dónde el docente cobra importancia.
El rol de educar frente a los medios de comunicación (y generar una visión crítica ante lo que están recibiendo como estímulos por parte de éstos) no es una tarea simplemente relegada a los profesores de lenguaje como muchos pueden pensar. Es importantísimo que el profesor eduque con y a través de los medios. Para ello es necesario trabajar con los medios masivos en el aula, pero un trabajo real y profundo que por lo general no se lleva a cabo ni siquiera con los profesores de lenguaje (que son el subsector que trabaja directamente con los medios de comunicación en los planes y programas).
No es que los medios sean unos monstruos, sino que somos los adultos los que debemos encargarnos de que no sean capaces de ejercer la manipulación sobre las audiencias a la que están destinados. Pero ¿Qué sucede cuando son los mismos adultos los que se dejan manipular por los medios? ¿Cómo solucionar aquello? Únicamente (y nuevamente es preponderante el rol del profesor) a través de la formación criterios y la enseñanza de una correcta lectura de los mensajes mediáticos.
Además del vacío en la significación y resignificación de las palabras en el lenguaje juvenil, muchos académicos se ofenden frente a éste tipo de lenguaje por encontrarlo grosero, de mal gusto, simple e inculto; y de cierto modo tienen razón, sobre todo en lo grosero y simple. Cada día se adquieren como usuales palabras que hace 10 años sonaban realmente ofensivas. Durante mucho tiempo los medios funcionaron como un referente en cuanto a la norma culta del lenguaje, manteniendo límites sobre la norma coloquial; pero en la actualidad es común encontrarnos con portadas de periódicos (o programas de televisión y de radio) en dónde lo coloquial- y a veces lo vulgar- predomina por sobre la norma culta.
Muchos puristas del lenguaje sostienen que éste se ha ido perdiendo poco a poco, y que a través del tiempo ha ido involucionando. Si nos ponemos en el lugar, probablemente para muchos romanos de la antigüedad el latín vulgar se estaba convirtiendo en algo sin sentido. Ahora, lo que hasta nuestros días sigue existiendo en todas las lenguas romances es ése latín y no el docto. Esto quiere decir, que mientras una lengua siga viva siempre estará sometida al cambio, pues la sociedad cambia. Claro que una cosa es cambiar, evolucionar (o involucionar, como prefiera verlo) y otra es carecer de sentido, ese es realmente el problema de los adolescentes, y que se refleja en todos los aspectos de la vida social, no sólo en la forma de habla.
Nuestro rol como docentes es demostrarle a nuestros alumnos cómo algunos de sus actos podrían carecer de sentido y, su vez, generar en ellos una visión crítica de lo que los medios masivos de comunicación transmiten. No se trata de que no vean televisión o que no escuchen radio, sino que cuando lo hagan sean capaces de distinguir en qué momento hay mensajes vacíos y con clara intención de manipular, y en qué momento el mensaje realmente tiene un aporte con trasfondo y sentido.

Carmen A. Jara S.
Profesora Lenguaje y Comunicación
ajara@fidegroup.cl




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